Mi amigo el hacker

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Viene de El otro lado

Noviembre 27, 2007 · Dejar un comentario

Claro que me acuerdo, mi amigo decía: cómo es que no me he dado cuenta antes del simbolismo implicado en la palabra SOL. ¿Recuerdas la canción: Sal, sal caracol, con los cuernos al sol? Ahí se encuentra la clave de este misterio: cuernos al sol, caracol. Es decir, cara de col o de repollo o berza. Mismamente la cara de Philip Rosedale creador de Seconde Life desde donde provendrá la infección del virus que disolverá el mundo real en un código binario: 10010111010101001100101010010100010101000011011010101001101010110101010101010100101001

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así es como veremos el mundo si eso llega a ocurrir, Dios no lo quiera. Y los cuernos al sol… ya que, como todo demonio, los tiene. Es decir, hemos de buscar sus cuernos en SOL. Ahí encontraremos la puerta.

Estaba a punto de irme y dejarle desvariando solo entre el gentío que se cruzaba en el laberinto de pasillos subterráneos de la estación de metro cuando… lo inesperado surgió.

-Es él mírale –gritó mi amigo señalando a un diablejo colorao.

Al momento recordé que esta noche se celebraba la fiesta de Halloween. El joven disfrazado de diablo iba entre un coro de diablesas, zombis, brujas y vampiros.

-Y va acompañado de sus orkos, trolls y demás ralea. Sigámosles con cuidado.

De nada sirvió que le pusiera al corriente del evento. Mi amigo estaba lanzado. Le seguí, más que nada por protegerle de cualquier percance.

Mi amigo otea al coro de adolescentes que ríe y juegan entre ellos. Yo no dejo de observarle y trato de convencerle de que lo dejemos para otro día.

-Chisss, ellos nos conducirán a la puerta que buscamos.

Salen del metro y les seguimos. Caminan hacia la Plaza Mayor. Nos cruzamos con otros jóvenes disfrazados, pero mi amigo no pierde ojo a los elegidos. Comenta:

-Ves según nos acercamos el mundo tal y como es se desvanece, se mezclan los universos: gentes de este y de aquel mundo se cruzan en un espacio intermedio. Estamos cerca. Estate atento.

Los jóvenes entran en un local del que callaré el nombre por, después de lo que allí sucedió, no ofender a sus propietarios. Entramos detrás de ellos. El local estaba a rebosar y todos disfrazados para la ocasión. Sonaba a todo volumen una música hardcore.

-Ves, hemos pasado la puerta ahora estamos en el otro lado. Ahora tenemos que actuar. Cúbreme la trasera.

Y en esto que mi amigo se abalanza sobre el muchacho disfrazado de diablejo con tal saña que lo tiró al suelo y poniéndose sobre él le espetó:

-Ahora verás lo que es bueno Philip Rosaleda o Bill Gato o quien quiera que seas en realidad, que lo mismo da que da lo mismo ser o no ser virtual o real. Toma y toma que esto es de verdad, de facto.

Y diciendo esto no dejaba de lanzarle puñada a diestro y siniestro por la cara y todo el cuerpo. Los amigos del agredido trataban de quitárselo de encima pero el hacker Quijano lo agarraba del cuello con tal fuerza que ya comenzaban a aparecer en el rostro del joven disfrazado de diablejo los primeros signos de asfixia: ojos inyectados en sangre, labios morados, palidez… Alguien, viendo que no había manera de detener a aquel loco sino por la fuerza bruta, le propinó a mi amigo una patada en las costillas que lo hizo rodar por el suelo. Momento que aprovecharon otros para continuar, de manera expedita, la labor del primero. Aquello, fisnamente hablando, fue una tanda digna de una final de balompié, o sea, en buena lengua castellana, una somanta, una zurra, una tunda.

Cuando salimos mi amigo no se tenía en pie. Yo le ayudé a volver al metro y, luego, a su casa. En el camino nos cruzamos con muchos más diablos, brujas y vampiros pero mi amigo ya ni los miraba, tan absorto iba, tan sin asombro ni interés.

Al despedirnos me dijo:

-No creas que hoy hemos perdido el tiempo: sabemos algo que no sabíamos.

-¿Qué?

-Virtuales son… pero qué hostias más reales dan, amigo.

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